Диалог культур. Испанскому клубу - 50 лет - 2012

104 su reflejo y alusiones en la vida cultural y literaria del momento. De las más célebres y conocidas sin duda son las del escritor William Shakespeare (1564–1616) . Este gran dramaturgo inglés era un amante de los vinos, y en concreto, del jerez, y lo pone de manifiesto claramente en su obra Enrique IV (1594) donde hace un verdadero elogio del vino de jerez. En esta obra, el personaje Falstaff, hombre cuya vida se centraba únicamente en la taberna, la juerga y el vino, considera este bendito vino como la fuente de las virtudes de un hombre: «Un buen jerez produce un doble efecto: se sube a la cabeza y te seca todos los humores estúpidos, torpes y espesos que la ocupan, volviéndola aguda, despierta, inventiva, y llenándola de imágenes vivas, ardientes, deleitosas, que, llevadas a la voz, a la lengua (que les da vida), se vuelven felices ocurrencias. La segunda propiedad de un buen jerez es que calienta la sangre, la cual, antes fría e inmóvil, dejaba los hígados blancos y pálidos, señal de apocamiento y cobardía. Pero el jerez la calienta y la hace correr de las entrañas a las extremidades. Ilumina la cara que, como un faro, llama a las armas al resto de este pequeño reino que es el hombre, y entonces los súbditos viles y los pequeños fluidos interiores pasan revista ante su capitán, el corazón, que reforzado y entonado con su séquito, emprende cualquier hazaña. Y esta valentía viene del jerez, pues la destreza con las armas no es nada sin el jerez (que es lo que la acciona), y la teoría, tan sólo un montón de oro guardado por el diablo, hasta que el jerez la pone en práctica y en uso. De ahí que el príncipe Enrique sea tan valiente, pues la sangre fría que por naturaleza heredó de su padre, cual tierra yerma, árida y estéril, la ha abonado, arado y cultivado con tesón admirable bebiendo tanto y tan buen jerez fecundador que se ha vuelto ardiente y valeroso. Si yo tuviera mil hijos, el primer principio humano que les enseñaría sería el de abjurar de las bebidas flojas y entregarse al jerez.» Washington Irving (1763–1859), autor de Cuentos de la Alhambra (1832) , después de su estancia en una bodega de la ciudad productora de este caldo y al advertir tanto buen vino almacenado en aquellas preciosas bodegas, llegó a escribir en su diario: «Dios quiera que pueda vivir todo el tiempo para beber todo este vino y estar siempre tan feliz como él pueda ponerme». El escritor americano Edgar Allan Poe (1809–1849) también quiso manifestar en sus obras las propiedades del jerez. Este escritor en su relato El barril de amontillado (1846) utiliza en este relato lleno de misterio y encanto la denominación de uno de los tipos de jerez, el amontillado.

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