Диалог культур. Испанскому клубу - 50 лет - 2012
96 y balcones de las muchachas solteras. Pero en Andalucía la ronda no se hacía en grupo, sino individualmente, y era habitual ver a un hombre sólo que, sin más compañía que su guitarra, iba a cantarle a la amada. De ahí nació otro de los cantes flamencos más famosos: la rondeña. El flamenco como espectáculo . Apartir del siglo XIX el flamenco inicia su «edad de oro», al abrirse los llamados cafés cantantes, dedicados a ese arte, que eran frecuentados por gentes de todos los niveles sociales. Entre esos cafes, era famoso el Café de Cainitas que en 1850 estaba instalado en Málaga en un patio o corral andaluz, cubierto para evitar la lluvia, y con grandes espejos verdes, que García Lorca menciona en uno de sus poemas. En 1969, un nuevo Café de Chinitas, instalado en los bajos de un céntrico palacio señorial abrió sus puertas en Madrid y hoy es uno de los templos del flamenco clásico. Un tablao flamenco , nombre genérico de los locales que ofrecen ese espectáculo, tiene un pequeño escenario elevado, para que pueda verse desde las mesas los pies de los artistas. Dos guitarristas, dos cantantes -la esencia del flamenco es el cante- y varias bailarinas componen el grupo e inician el llamado jaleo: en un ambiente popular y distendido, cada bailarina baila lo que le apetece acompañada por las guitarras, el cante, las palmas, el chasquear de los dedos y los ¡ole! de aliento de los otros. Cuando el flamenco es auténtico, quien baila queda prendido por una emoción auténtica que se contagia al espectador: es el llamado duende, algo que surge en el interior del artista durante su actuación. Los grandes intérpretes bailan solos acompañados por uno o dos guitarristas, y el baile del hombre alcanza cotas de esfuerzo vital y de pasión que ningún otro espectáculo supera. Capturar la esencia de ese arte profundo y complicado es un sueño irrealizable. Un escritor compara al flamenco auténtico con un río de sonido que contagia a artistas y espectadores. Y el gran bailarín ruso Mikhail Baryshnikov declaró hace unos meses, con motivo de su actuación en España, que no puede explicar con palabras lo que siente cuando ve bailar flamenco. Y añadió: «Me entusiasma su lenguaje vital y su pasión. Me fascina porque es un instrumento del alma». Del alma española, por supuesto. Con el afecto de su amigo. Anselmo Santos
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