Диалог культур. Испанскому клубу - 50 лет - 2012
88 repetir el homenaje y habló con Sor Fuensanta. Ésta comprendió que la madre superiora no la permitiría abandonar de nuevo el monasterio y dejar sin guía durante varios días a sus monjitas. Así que, hábilmente, pidió a su jefa permiso para otras tres monjas, entre ellas Sor Lo (diminutivo de Lola), responsable de la cocina y la despensa del monasterio. Se obtuvo el permiso, y Sor Lo tuvo una brillante idea: – ¿Por qué no hacemos también otro plato nacional, la tortilla de patatas? En Siberia habrá patatas y gallinas. Y podremos hacer las tortillas en la pequeña cocina del barco. Y propuso a su ayudante, Sor Carmen, para preparar las tortillas porque era especialista en hacerlas para todo el monasterio con la velocidad del rayo. Obtenidos los permisos, se preparó la expedición como la vez anterior y se pidió a Svetlana Mironova, alma del Club en ausencia de Natalia, que se encontraba enferma, que, además de las gambas, los pollos y los conejos, comprase quince kilos de patatas y cincuenta huevos. Y se llevaron, además de la paellera, dos grandes sartenes y mucho más aceite que la vez anterior. En el barco se pidió ayuda a los asistentes para pelar patatas. De repente, apareció en cubierta, toda sudorosa –la cocina del barco era un horno– Sor Carmen con un huevo en la mano y se dirigió al Padre Anselmo: – Fíjese, padre, qué hermosos huevos hay en Siberia. – Parece realmente estupendo. Seguro que las gallinas solo se alimentan en el campo. – El problema es que han cocido los cincuenta huevos. Habrán pensado que era para coronar la paella como se hace con los fresones en las tartas de boda. La carcajada fue general. Todo el mundo reía, menos Sor Carmen que regresó compungida a la cocina y tuvo que preparar patatas fritas con huevos duros, plato insólito en los culinarios hispanos. En cualquier caso, los excursionistas, incluidos los tripulantes del barco, no dejaron nada: se lo comieron y bebieron todo. Cinco años después se repitió el proceso, pero la madre superiora de los benedictinas se negó en redondo a autorizar más «viajes históricos». El Padre Anselmo, desolado, se atrevió a llamarla por teléfono a Madrid, sede española de la Orden – e incluso se permitió recordar a la madre superiora que el fundador de los benedictinos, no renegaba del buen condumio. (Se le atribuye una frase, seguramente apócrifa: «Consejo de San Benito: come asado si no puedes comer frito»). La gran jefa no
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