Диалог культур. Испанскому клубу - 50 лет - 2012
87 – Nuestra querida madre abadesa, que aprendió de su mamá cuando era niña. – Usted también tiene que venir –dijo San Fuensanta al Padre Anselmo. – Iría encantado, pero me temo que no lo permitirán mis superiores. – Claro que sí. Para una acción tan patriótica no nos negarán el permiso. Yo pienso pedir a nuestra madre superiora autorización para tres monjas. – Que sea lo que Dios quiera. Yo pediré al «general» de mi orden permiso para tres monjes. Por increíble que parezca los dos jerarcas aprobaron el proyecto. Se compró la paellera –plato redondo de metal– más grande que se encontró (casi un metro de diámetro). Y se llevó arroz de primera calidad, dos botellas de aceite de oliva virgen, tomates y pimientos enlatados, y, naturalmente, seis cajas de buen vino. La carga se repartió entre los siete viajeros – se unió a última hora un monje alemán, el Padre Dieter, que se encontraba de retiro espiritual en el monasterio– y se emprendió el viaje de La Rioja a Madrid, de ahí a Moscú y, por último, a Novosibirsk. Previamente se había pedido a Natalia Serafimova, dirigente inamovible y fundadora del Club Español, que comprase gambas congeladas (si es que las había), tres conejos y tres pollos; y que buscase un lugar en el campo, donde hubiese leña seca y piedras o ladrillos, todo ello imprescindible para preparar un fogón sobre el que la paella se pusiese completamente horizontal. Llegados a Novosibirsk, los expedicionarios asistieron a una merienda en el hermoso local asignado al Club Español en la Biblioteca Provincial, y allí conocieron a la gran Natalia, a Ida, a Svetlana, a Sergio –excelente e incansable intérprete– y a otros muchos miembros del Club. Se les dijo que el mejor sitio para preparar la paella era la isla Medvezhiev, y se alquiló un gran barco, con media docena de tripulantes, en el que entraron cuantos miembros del Club se apuntaron a la excursión (algunos tuvieron que quedarse en tierra por sus obligaciones laborales). La paella fue un éxito rotundo: la madre Fuensanta se esmeró al máximo y tanto la comida como la bebida se terminaron. Y el tiempo acompañó durante todo el día. Ese festejo tuvo lugar cuando el Club ya había cumplido treinta y cinco años. El tiempo pasa veloz, y pronto el Padre Anselmo cayó en la cuenta de que se aproximaba el cuadragésimo aniversario. Decidió
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