Диалог культур. Испанскому клубу - 50 лет - 2012

35 Estábamos en el cuarto curso, cuando Galia me dijo: «¡Tatiana!, ¡vamos a aprender castellano!». Me pareció algo fuera de lugar. «¡Pero qué dices Galia!». ¡Es imposible! ¡Me tiro cuatro horas en el medio de transporte, de pie! ¡Llego a casa y al cabo de una hora de nuevo irse a otro sitio! ¿Y cuándo me preparo las clases? «¡Bueno y qué!» –me dijo Galya. Y en casa pensé: «¡Es verdad! ¿Y por qué no?» La primera lección de español fue un día de otoño. Había muchos interesados en aprender la lengua. Nos reunimos unas 20 ó 30 personas en una sala pequeña. Cada uno tenía su razón para estudiar el castellano. Apenas si cabíamos todos. El manual era de Oscar Perlin, un autor polaco. «¿Qué es esto? Esto es… En el armario amarillo hay …». ¡Qué maravilla! Los sonidos del castellano me parecieron divinos. Recuerdo la cara inspirada de Natalia Serafímovna, los sonidos de su voz, de timbre agradable, llenos de calor, emoción, buena disposición e interés hacia las frases bien pronunciadas en español por nosotros. Podía adivinar por nuestros errores qué lenguas habíamos estudiado antes. Recuerdo su apreciación cuando acertábamos a leer como se debe… La chispa del interés hacia el español no se me apagó, el deseo de aprender español persistió. El mero proceso de estudiarlo me daba tanto gusto que se me metió en la cabeza una idea subversiva: «¿Cuánto tiempo tardaré en aprender bien la lengua?»

RkJQdWJsaXNoZXIy MTY3OTQ2